jueves, 21 de enero de 2016

UN DIA DE FURIA

En el año 1977 ingresé a trabajar a la firma Alejandro y Carlos de Diego SRL, concesionarios de la fábrica de acoplados “CM” de Construcciones Metalúrgicas. La firma tenía un vendedor exclusivo, pero a su vez estaban los “dateros” que pasaban información sobre posibles compradores de un cero kilómetro o un usado modelo más nuevo.

Entre aquellos “informadores”, para usar un término correcto, estaba Septimio Labori, un hombre bajito, casi pelado, bastante parecido al actor Ulises Dumont, aunque mejor parecido que el comediante. Septimio era de aquellas personas prolijas al extremo que, aún habiendo estando en medio de una tormenta de viento y tierra, se mantenía impecable, como recién salido de la ducha. Además de esas cualidades personales, era un informador confiable. Cuando apuntaba a un cliente, seguro que el negocio se hacía. No pasaba datos a la ligera; cuando lo hacía, tenía la certeza de concretar el negocio, por consiguiente había que cuidarlo.

Una mañana muy temprano llegó con el dato de un probable comprador de un acoplado cero kilómetro, pero había que ir lo antes posible a Canals, localidad de la provincia de Córdoba donde él residía, porque podía adelantarse otro vendedor de la fábrica Helvética que por esos días estaba recorriendo la zona.

Después de imponerlo a Alejandro sobre la posibilidad de hacer negocio, éste me ordenó que cargara combustible en el Peugeot 404 y que acompañara a su socio Andrés “el vasco” Gamboa y Septimio hasta Canals porque, de concretarse la operación, había que traer un automóvil que el virtual comprador entregaría en parte de pago. Concluidos los trámites, partimos de inmediato rumbo a Canals. El vasco manejaba, y como era habitual, fierro al piso.

En el trayecto todo era jolgorio; se notaba euforia porque era casi seguro que se concretaría el negocio que representaba un gran empujón para la firma, dado que se estaban viviendo momentos de acentuada recesión. Así íbamos con el sol naciente a nuestras espaldas, cuando de pronto vimos que desde una chacra avanzaba un tractor hacia la ruta. Como el sol estaba todavía bajo, era posible que el tractorista estuviera encandilado, y no nos viera, porque la marcha del tractor no aminoraba. Tampoco bajaba la velocidad el vasco, y Septimio -que iba sentado adelante- se estaba poniendo nervioso y le advertía: “Cuidado Vasco que el tipo está subiendo... seguro que no te ve. ¡Levantá el pie carajo!” El vasco, que no era fácil de convencer, no aflojaba la marcha y le contestó algo así como “Qué va a subir, no va a ser tan pelotudo de largarse...” Pero Septimio volvió a insistir: “¡No te ve Vasco, aflojá carajo que no te ve, mirá que está subiendo!” Yo por las dudas me acosté en el asiento trasero esperando lo peor. El vasco no dijo nada, y sin levantar la pata del acelerador se largó a la banquina tal cual veníamos y pasamos detrás del tractor que subió a la ruta... Creo que si hoy, después de 35 años sacuden los asientos de ese Peugeot, todavía saldrían restos de pasto cosechados en la banquina.

Enseguida retomamos la ruta y el único que hablaba era el vasco que trataba de distender el ambiente; los demás: silencio. Septiemio, que vestía con impecable elegancia, estaba rojo como un tomate y lo único que hacía era acomodarse los escasos cabellos, sacudirse la tierra y el pasto, mientras nerviosamente se ajustaba el nudo de la corbata. Así, en silencio, seguimos hasta la entrada de Canals.

-“¿Dónde vive el camionero?” – preguntó el vasco para ir directamente a la casa del posible comprador.

-“Primero llevame a casa” –respondió Septimio.

Cuando llegamos a la casa, el petiso muy tranquilo y ceremonioso como siempre, se bajó del auto, dio media vuelta y se apoyó en la puerta abierta del Peugeot, y agachándose lo miró fijamente al vasco y le largó:

-“¡Te podés ir a la reputa madre que te reparió!” – cerró la puerta violentamente y se fue caminando despacito hacia la entrada de su casa. No creo que se haya hecho encima, porque no sentimos olor, pero seguramente se orinó, porque caminaba con las gambas abiertas, como si tuviese algo molesto entre las piernas.

El vasco, que si bien era consciente de la calentura del enano, nunca esperó esta reacción; miró hacia atrás y me dijo:

-“Se enojó el petiso. Dale, subite adelante” Apenas cerré la puerta, puso primera y nos volvimos a Venado a la misma velocidad. No voy a contar lo que pasó entre los socios cuando llegamos a la agencia, pero el negocio se perdió. Septimio le pasó el dato al vendedor de La Helvética, de Chañar Ladeado. Tal vez haya sido ese día el principio del fin de una sociedad que tenía los días contados.